ODA A LA MEMORIA: El anzuelo


«Mi madre, sin embargo, tenía razón: la vida hay que vivirla desde el principio; en el bolsillo puedes llevar unas cuantas fotos, y eso es todo, no hay marcha atrás, no hay comparaciones ni búsqueda de similitudes o diferencias. Nada se parece a nada, y todo resulta parecido. Cada cosa es algo en sí, igual que cada individuo es una especie en sí, un conjunto de particularidades, y no una suma de coincidencias. »


Mitad autobiografía, mitad ficción, El anzuelo cuenta la historia de un emigrado yugoslavo que escucha la voz de madre, grabada en cintas magnetofónicas –parte del escaso equipaje del narrador al abandonar su tierra natal desintegrada por la guerra–. En esas cintas, su madre cuenta su trágica y dura historia, una historia que es una metáfora de la historia de su país. El relato fluye entre el pasado, con el diálogo con su madre, y el presente, con la conversación con su amigo escritor.

La historia de su madre, de cómo afrontó todo lo que le había sucedido, es un canto a la esperanza. En ningún momento, pese a ver destruido sus diversos hogares y haber sufrido la pérdida de sus seres queridos –su primer marido y los hijos que tuvo con él– mira hacia el pasado, un pasado lleno de odio y crueldad.
Perdió a su primer marido – de familia askenazí ortodoxa–  fusilado, y a los hijos que tuvo con él al terminar la guerra, en un accidente ferroviario. Su segundo marido –padre del narrador– , que también había estado previamente casado y había perdido a su mujer e hijos, estuvo en un campo de concentración del que salió con vida.

“Si ella no hubiera sido así, mi padre, después de regresar del campo de concentración, probablemente se habría hundido como una piedra arrojada al agua. Mi madre era diferente: ella tiraba, empujaba, salía de cualquier apuro. Si las pérdidas pueden compararse, las que tenían los dos eran iguales  (…) y mientras mi padre miraba constantemente hacia atrás, ella, en cambio, seguía adelante. El dolor existe para doler, decía, nada puedes hacer al respecto. El padre sólo sonreía; si ella no le hubiese apoyado en cada momento, él se habría derrumbado a buen seguro. «Me gustaría continuas», dijo mi madre. Aparté la mano de los mandos del magnetofón. « Pero no quiero hablar del odio. Nunca he odiado a nadie. La desgracia viene cuando le apetece, no hay nada que hacer».”

La novela, densa, breve pero intensa, está escrita sin un punto y aparte –al estilo Bernhard– y es una oda al recuerdo y la esperanza para una tierra que revive una y otra vez las tragedias pasadas, de forma totalmente opuesta  a como lo hace la madre del narrador.  Porque esta novela no va sobre el holocausto sino sobre los Balcanes.

Y es precisamente una nueva guerra, sin haber aprendido nada de las pasadas, lo que hace que su madre se desmorone y espere a la muerte, pese a su tenacidad, su «obstinación bosnia», según palabras de su padre, fallecido años atrás, tras cuya muerte el narrador decide grabar la historia de su progenitora.
«Hace catorce años, no, hace dieciséis, murió mi padre. Murió rápido, en un santiamén, como solía decir mi madre, aunque yo estaba convencido de que llevaba años muriéndose lentamente, contagiado de muerte hacía ya cuarenta años, desde el instante en que se encontró tras la alambrada de un campo alemán para oficiales prisioneros de guerra. Mi madre, por supuesto, lo negaba. Mueres sólo una vez, decía, nadie anda por aquí como un muerto viviente».

 Las reflexiones con Donald, su amigo escritor –mientras que él aspira a serlo– , sobre el acto de escribir «Crees demasiado en las palabras, me dijo Donald una vez, y eso siempre es una carga para cualquiera que escribe, incluso si no es escritor. Escribir no significa creer en las palabras, dijo, ni en el habla, ni en ninguna posibilidad de contar, porque escribir es, en realidad, huir del idioma, y no, como pretenden, sumergirse en él. Quien se sumerge, dijo, está a punto de ahogarse, mientras que el escritor flota en la superficie, por donde los mundos se desmarcan, en la frontera entre el habla y el silencio»;  sobre la misma esencia humana, la diferencia entre europeos y americanos, que no tienen interés en la historia, es extraordinaria.

El anzuelo es un himno a la memoria olvidando el rencor y el odio.



David Albahari nació en Peć, Kosovo, el 15 de marzo de 1943. De origen judío sefardí, ha sido editor y traductor al serbio de Nabokov, Bellow o Naipul entre otros.  Publicó su primer libro de relatos en 1973 y su primera novela en 1978. Miembro de la Academia de Ciencias y Artes de Serbia, en 1991 asumió la presidencia de la Federación de Comunidades Judías de Yugoslavia. Su obra ha ganado multitud de premios importantes como el Premio Ivo Andrić por Descripción de la muerte (1982) o el Premio NIN por El anzuelo (1996) y ha sido traducida a 15 idiomas.
Desde 1994 vive en Calgary, Canadá.


Editada por la editorial Debate, El anzuelo es parte de la escasa obra de Albahari que se ha publicado en nuestro país. Una auténtica lástima ya que estamos ante un escritor brillante y de gran calidad. 

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